No sé cuántas veces en el futuro tendremos que rastrear puntos de quiebre en nuestras historias personales, y también a nivel social, de vuelta a la pandemia. Esta reflexión lleva años cocinándose en mi cabeza, y creo que si tuviera que rastrear la chispa que la encendió sería justo en ese entonces. La vida se sentía muy incierta y, para muchos, extremadamente solitaria. Sin embargo, un día me encontré doblándome de risa con un chiste que probablemente tenía algo que ver con “caca”. Privada de mí y llorando de la risa, por primera vez en meses y con el mundo cayéndose afuera, la vida se sintió más ligera. Esa risa absurda, casi infantil, fue mi primer acto de resistencia en medio del colapso. A partir de ahí, empecé a pensar en la risa como algo más que distracción: como un pensamiento encarnado, una forma de procesar lo insoportable. Dicen que tragedia más tiempo da como resultado comedia. Tal vez sea cierto. Entre el miedo, la incertidumbre y el cansancio colectivo, reír parecía una manera de no cederle todo el terreno a la tristeza.
Desde entonces, me pregunto si la risa puede ser algo más que alivio momentáneo: si puede ser también una forma de entender el mundo, incluso una herramienta para transformarlo. Tengo esta sensación de que no siempre nos damos cuenta de cuánto sana la risa. Desde ahí viene este cuestionamiento: ¿por qué la risa sana? Y, si la risa es el fin de la comedia, y la comedia es una herramienta, ¿cómo podemos usarla en el terreno de los derechos humanos y la construcción de paz?
Reír es un acto comunitario que vincula. No es algo que se pueda reproducir de manera unilateral: necesitamos una fuente y un receptor. Quien hace la observación cómica o estructura el chiste, y quien se ríe —en quien recae la respuesta—, coinciden en un punto de encuentro donde ambos observan lo mismo y entienden el giro cómico. En ese terreno, se crea un espacio de comunicación horizontal.
Paulo Freire aporta otra dimensión: el acto educativo como diálogo entre iguales. Si la educación para la paz se construye desde la horizontalidad, la comedia también puede ser una herramienta para un espacio dialógico, donde se comunican y se igualan experiencias humanas (Freire 1970). Nadie se educa solo y nadie se ríe solo. Es una forma de lenguaje que une, que reconoce experiencias comunes.
Como toda herramienta, la comedia viene con —más que un instructivo— algunas sugerencias de estructura básica. Una de ellas: Tragedia + Tiempo = Comedia. Se lo escuché por primera vez a Alexis de Anda; ella hacía una reflexión parecida a la de otros comediantes como Mark Twain o Charles Chaplin. Sugiere que la comedia a menudo se basa en la tragedia, pero puede tomar un giro cómico cuando se observa desde una distancia temporal. ¿Qué hace ese tiempo en nosotros que cambia la perspectiva? ¿O qué hacemos nosotros con ese tiempo? Para ser capaces de reírnos de una herida, hay que vivir el duelo del proceso, atravesar la resistencia íntima de “seguir aquí”. El tiempo no solo “cura”, sino que permite la distancia crítica necesaria para procesar la emoción. Freud habla de una “economía de energía psíquica”: en el humor, lo que se libera no es solo dolor, sino también sentido (Freud 1905)
Reírse del dolor no es negarlo, sino cambiar el peso simbólico que esa herida tiene en nuestras vidas. La comedia tiene la capacidad de reacomodar el trauma y permite volver a mirar algunas heridas sin que duelan igual. En ese sentido, restituye agencia: quien logra reír de la tragedia retoma control sobre su propia narrativa. No pretendo decir que este siempre sea el caso, pero aún así funciona como termómetro que revela cuestionamientos sobre el panorama social y sobre nuestro propio humor. Me interesa esa conexión: cómo la comedia —como estructura artística y de comunicación que tiene como fin último la risa— puede ser una herramienta de reparación, de reconstrucción del tejido social, una forma de mirar el dolor desde otro lugar.
Como sociedad lo hacemos todo el tiempo; como mexicanxs, lo hacemos con gusto y profesionalización. Por ejemplo: los sismos en la Ciudad de México han cobrado muchas vidas, no solo por el desastre sino por la mala gestión pública posterior. Sin embargo, los chistes y las risas nunca tardan en llegar. No termina de sonar la alarma sísmica y ya circulan los primeros memes, o alguien manda un sticker del bolillo en algún grupo de WhatsApp. Así, la comedia y la risa se convierten en una estrategia colectiva de resiliencia y afrontamiento ante la tragedia.
Libre de Reír es una miniserie documental producida por Sofía Niño de Rivera. En colaboración con Reinserta, llevó talleres de stand-up y escritura cómica a personas privadas de la libertad, invitándoles a narrar sus propias vivencias y a usar la comedia como herramienta catártica y creativa. Desde una mirada en derechos humanos y construcción de paz, lo que emergía no era solo un ejercicio artístico, sino un proceso colectivo de reapropiación simbólica del relato personal: cada historia convertida en chiste abría un espacio para reelaborar el dolor, para mirarlo desde otro ángulo en búsqueda del remate.
En Pedagogía del oprimido, Paulo Freire plantea que toda educación verdaderamente liberadora se funda en el diálogo horizontal entre iguales, donde educador y educando se reconocen mutuamente como sujetos de conocimiento (Freire 1970). Esa noción del diálogo como práctica emancipadora permite leer la comedia como un espacio pedagógico en sí mismo: en el humor, las jerarquías se diluyen e igualan las situaciones específicas de los individuos en experiencias humanas generales. En los talleres de Libre de Reír, la risa operaba como un lenguaje de desarme simbólico: desarma el miedo, el ego, el poder y el trauma, abriendo la posibilidad de encontrarse desde la vulnerabilidad y la risa.
Hacia el final del proyecto, las y los participantes presentan su material ante sus familias y amistades en un teatro fuera del reclusorio, a manera de graduación. Analizar ese momento bajo este enfoque, revela una forma de reparación emocional y colectiva del daño: verles reapropiarse de su voz y provocar una risa que no burlaba, sino que reconocía su propio dolor y el de quienes iban a verles. Aquella puesta en escena recordaba lo que Mijaíl Bajtín describe en La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento: un tiempo y espacio donde las jerarquías se suspenden, los papeles se invierten y el mundo se renueva mediante la risa (Bajtín 1965). En ese “carnaval moderno” del teatro, el poder simbólico se invertía; quienes solían ser objeto de discurso se volvían ahora quienes lo producían.
Lo que brinda la comedia en ese teatro es la suspensión de lo solemne; permitió a este grupo de personas reconocerse en otrxs. Resignificar desde lo individual da paso a pensarnos desde lo comunitario, ahí emergen las heridas compartidas. Cuando la comedia se usa para cuestionar los sistemas que producen esas heridas, se convierte en un acto de resistencia social y desobediencia civil a partir de la conciencia. En una sociedad donde el dolor se vuelve individual y competitivo, el humor nos recuerda que lo humano se comparte, que las tragedias también son políticas y que, a veces, la risa puede ser una trinchera.
Si reparamos el dolor al reconocerlo, transformarlo desde lo colectivo es ya, en sí mismo, una forma de hacerle frente a los sistemas que lo producen. Tal vez ahí radica su potencia: en convertir la reparación en acción y el reconocimiento del dolor en una práctica compartida de resistencia.
La mayor parte del tiempo obedecemos sin cuestionar: producimos, rendimos, agotamos. Entre tanto mandato de eficiencia, reconocer los absurdos, ironías y contradicciones del mundo, y tener la capacidad de reír ante ellos, se vuelve una forma de no cooperar. Reír abre una grieta en la lógica del control.
Como advierte Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio, el “sujeto del rendimiento” ya no necesita ser explotado por otro: se explota a sí mismo creyendo que se realiza (Han 2012). En ese contexto, la risa aparece como un pequeño acto de desobediencia emocional, una pausa que fractura la productividad forzada. Reírnos del sistema, de nuestra precariedad o incluso de nosotrxs mismos suspende, aunque sea por un instante, la obediencia y el mandato del rendimiento.
Tal vez por eso el poder teme tanto a la risa: porque desmantela las narrativas de autoridad que sostienen su credibilidad. El chiste expone lo que el discurso oficial intenta mantener intocable; revela lo absurdo, lo incongruente y lo obsoleto en muchas dinámicas de poder. Reír ante el poder —no solo del poder— es un gesto lúcido: no lo niega ni lo ridiculiza gratuitamente, sino que lo confronta desde la conciencia de su fragilidad. Aquí la risa se vuelve política, porque se trata de una crítica que no necesita presupuestos teóricos avanzados para ser transformadora.
Hannah Arendt, en La banalidad del mal, escribió que “el mal prospera cuando el pensamiento se suspende” (Arendt 1963). Cuando el agotamiento nos adormece y la obediencia se confunde con virtud, reír puede ser una forma de pensar. La comedia reactiva la capacidad crítica sin recurrir al dogma ni al enfrentamiento directo: invita a mirar lo mismo desde otro ángulo. Reír es un modo amable —pero profundamente político— de volver a pensar el mundo, de recordar que incluso lo solemne puede ser cuestionado.
George Orwell, en 1984, imaginó un futuro donde “no habrá risa, excepto la risa del triunfo sobre un enemigo derrotado” (Orwell 1949). Esa imagen resume lo que el poder más teme: la risa espontánea, la que no responde a ningún mandato ni se pone al servicio de una ideología. Reír sin permiso es independencia mental; en un sistema totalitario, incluso un gesto tan cotidiano puede ser peligroso si escapa al control.
Históricamente, el humor también ha sido una forma de organización y denuncia. No es casual que el stand-up comedy —literalmente stand up against o “levantarse en contra de”— naciera de los espacios obreros en Estados Unidos y el Reino Unido durante los años treinta. Aquellos comediantes improvisaban sobre tarimas en bares o fábricas, ridiculizando a los jefes o al sistema, y transformaban la risa en una herramienta política. Hacer reír era ponerse de pie contra la injusticia, decir lo indecible desde el juego.
La risa es una de nuestras reacciones más honestas. Como explica Henri Bergson en La risa, lo cómico surge cuando la vida se enfrenta a la rigidez de lo mecánico: reímos ante lo que revela una disonancia o un automatismo (Bergson 1900). Y Freud, en El chiste y su relación con el inconsciente, plantea que el humor libera una tensión psíquica, una energía reprimida que encuentra salida a través del ingenio (Freud 1905). Desde ambos enfoques —filosófico y psicoanalítico—, la risa no es frivolidad: es una respuesta inteligente ante la contradicción, una forma de procesar lo insoportable.
Un ejemplo contemporáneo: en marzo de 2021, el Ever Given quedó encallado en el Canal de Suez, deteniendo alrededor del 10 % del comercio mundial, según reportó BBC News ese mismo año. Un sistema multimillonario, sostenido en la velocidad y la eficiencia, paralizado por un “barco mal estacionado”. Es tan absurdo que solo queda reír. Pero esa risa no es evasiva: es crítica. Desmantela el aura de omnipotencia del capitalismo y nos recuerda que incluso los sistemas más descomunales pueden tambalear por una torpeza mínima. Reír, en este sentido, es ver con un poco más de claridad, más allá de los sistemas que moldean nuestro accionar.
En este sentido, la risa quiebra lo sagrado del poder, le arranca su carácter incuestionable y devuelve las jerarquías a su dimensión humana. Cuando dejamos de tenerle miedo al poder, este deja de controlarnos. La risa no distrae del dolor ni banaliza la opresión; a nivel social, recupera agencia. La risa es el lugar donde la crítica se vuelve digerible, sin perder filo. Reír no por frivolizar, sino para mirar de frente lo absurdo del poder y elegir no dejar que nos rompa. Si 1984 pudiera dialogar con otra obra, esperaría que El cuento de la criada le contestara con su frase insignia: “Nolite te bastardes carborundorum” —No dejes que los cabrones te rompan— (Atwood 1985).
Quizás ahí reside la potencia política de la risa: es nuestra mejor herramienta para desmantelar los sistemas de opresión desde su narrativa. La comedia, como toda herramienta poderosa, también puede sostener narrativas que hieren. Si la violencia permea todo, la deconstrucción también puede permearlo, incluso en aquello que nos hace reír. No se trata de etiquetar la comedia como “correcta” o “incorrecta”, sino de refinar la herramienta, de hacerle preguntas.
¿De qué me estoy riendo? ¿Por qué el remate es el remate? ¿Resignifica algo o simplemente refuerza lo que ya duele? ¿Estoy riendo con alguien o de alguien? Estas preguntas no censuran, sino que ensanchan la conciencia del acto de reír.
Polarizar la comedia entre buena y mala, correcta e incorrecta, nos aleja de su potencial transformador. Es una postura cómoda: coloca a quien juzga en un falso pedestal de superioridad moral. Observarla como se observa un termómetro, para entender qué nos revela sobre la temperatura socio-emocional y política de una época.
Hay una diferencia ética crucial entre reírse de alguien y reírse con alguien. Que un chiste tenga como tema central una vulnerabilidad no implica necesariamente que la ridiculice. A veces, la risa abre un espacio donde las personas se reapropian de sus propias experiencias.
Lo entendí en carne propia con La Cotorrisa. Desde mi postura de “lo políticamente correcto”, pensaba que no podría reírme de ciertos temas —por ejemplo, de chistes sobre discapacidad— sin sentir culpa. Pero asistí a uno de sus shows en vivo en el Auditorio Nacional en 2022 (La Cotorrisa 2022), donde la primera fila estaba llena de personas en silla de ruedas, con parálisis cerebral o síndrome de Down, riendo junto a los comediantes, y entonces entendí otra cosa. No se ríen de ellos, sino con ellos. En ese espacio, la risa no excluye, nivela. Quienes solían ser objeto de discurso se convierten en sujetos que lo producen desde su propia experiencia. Esa horizontalidad es profundamente política: crea un lenguaje de igualdad donde todos somos humanos, todos vulnerables, todos con derecho a burlarnos de la tragedia, incluso de la propia.
La comedia, entonces, no necesita censura, sino conciencia. Es un espejo del inconsciente colectivo y un registro vivo de nuestras mutaciones sociales. Chistes que hace diez años provocaban carcajadas hoy nos resultan incómodos, no porque el humor se haya vuelto frágil, sino porque la sociedad ha ampliado su sensibilidad hacia las violencias. Como toda forma de arte viva, la comedia evoluciona: todo lo que no se transforma, se estanca. Y la risa —cuando se observa con honestidad— nos muestra hacia dónde estamos yendo como sociedad.
Reír es pensar con el cuerpo. Es recordar que, aun en medio del caos, seguimos siendo capaces de encontrar sentido, aunque sea a través del absurdo. En tiempos donde el miedo y la solemnidad pretenden dictar el modo de habitar el mundo, reír es una forma de resistencia, de ternura y de lucidez. Porque quizá, después de todo, la risa no sea la consecuencia del alivio, sino su origen.
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