Colapso del cuidador: la invisibilización de las personas cuidadoras en la salud pública mexicana

Por: Mayra Sandoval Doblado Licenciatura en Derechos Humanos y Gestión de Paz Universidad del Claustro de Sor Juana

El cuidado sostiene silenciosamente una parte fundamental del sistema de salud en México. Todos los días, miles de personas acompañan a familiares enfermos, personas adultas mayores o personas con discapacidad dentro y fuera de hospitales públicos. Aunque este trabajo resulta indispensable para la recuperación y bienestar de quienes requieren atención médica, las necesidades y afectaciones de quienes cuidan continúan siendo invisibilizadas. En la mayoría de los casos, las personas cuidadoras enfrentan agotamiento físico, desgaste emocional, aislamiento social y dificultades económicas; sin recibir apoyo suficiente por parte del Estado o de las instituciones de salud.

En la Ciudad de México, el problema se vuelve especialmente visible debido a la saturación del sistema público de salud y a las limitaciones estructurales que enfrentan hospitales y centros de salud. En muchos casos, las familias deben asumir tareas que deberían estar acompañadas institucionalmente: vigilancia constante de pacientes, administración de medicamentos, traslados, alimentación y cuidados básicos. Estas responsabilidades suelen recaer sobre una sola persona, generalmente una mujer, quien termina reorganizando toda su vida alrededor del cuidado de alguien más.

El colapso del cuidador[1] puede entenderse como el desgaste extremo que experimentan las personas responsables de brindar cuidados prolongados. Este fenómeno no solo implica cansancio físico, sino también consecuencias emocionales y psicológicas importantes. Richard Schulz y Paula Sherwood identificaron que las personas cuidadoras tienen mayores probabilidades de desarrollar ansiedad, depresión, enfermedades cardiovasculares y deterioro del sistema inmunológico debido al estrés constante asociado al cuidado prolongado.[2] El cuidado permanente, especialmente cuando ocurre sin descansos ni redes de apoyo, puede afectar gravemente la salud y calidad de vida de quienes lo ejercen.

Sin embargo, el problema suele permanecer oculto porque socialmente el cuidado continúa siendo entendido como una responsabilidad privada y familiar. Culturalmente existe la idea de que cuidar forma parte del deber moral de las familias, particularmente de las mujeres. Esta percepción provoca que el agotamiento de las personas cuidadoras sea normalizado e incluso romantizado como una muestra de amor, sacrificio o compromiso familiar.

Carolyn Mendez-Luck, en su investigación sobre cuidadoras en la Ciudad de México, encontró que muchas mujeres perciben el cuidado como una obligación vinculada al cariño y la reciprocidad familiar.[3] Aunque estas ideas reflejan vínculos afectivos importantes, también contribuyen a invisibilizar las consecuencias físicas y emocionales que implica cuidar durante largos periodos de tiempo. Muchas mujeres sienten culpa al expresar cansancio o al pedir ayuda, pues existe una fuerte presión social para asumir el cuidado como algo “natural”.

La feminización del cuidado constituye uno de los elementos centrales de este problema. En México, las mujeres realizan la mayor parte del trabajo doméstico y de cuidados no remunerados. Además de cuidar a familiares enfermos, muchas continúan desempeñando labores domésticas, maternidad y actividades laborales precarias o informales. Esto genera dobles y triples jornadas que afectan profundamente su bienestar físico y emocional.

La desigual distribución del cuidado también reproduce desigualdades económicas y laborales. Muchas mujeres abandonan empleos, estudios o proyectos personales para dedicarse al cuidado de familiares. Otras reducen sus oportunidades laborales debido a la imposibilidad de cumplir horarios formales mientras realizan tareas de acompañamiento hospitalario o cuidados permanentes en el hogar. De esta manera, el cuidado no solo impacta la salud mental y física de las mujeres, sino también su autonomía económica y sus proyectos de vida.

Además, las personas cuidadoras suelen experimentar aislamiento social y agotamiento emocional extremo. En numerosos casos, las jornadas de cuidado limitan la posibilidad de mantener relaciones sociales, descansar adecuadamente o dedicar tiempo a actividades personales. Esto puede generar sentimientos de frustración, tristeza, desesperanza y culpa. A pesar de ello, muchas personas continúan cuidando aun cuando su propia salud comienza a deteriorarse.

El problema también tiene efectos importantes sobre el propio sistema de salud. Cuando las personas cuidadoras colapsan física o emocionalmente, disminuye la calidad del cuidado brindado y aumentan las probabilidades de que ellas mismas requieran atención médica. Investigaciones recientes en México han mostrado niveles preocupantes de sobrecarga en personas cuidadoras. Patricia Franco-Domínguez encontró que una parte considerable de cuidadores familiares presentaba altos niveles de agotamiento físico y emocional, aunque muchos continuaban percibiendo su situación como algo normal debido a la manera en que culturalmente se entiende el sacrificio dentro de las familias.[4]

De manera similar, José Luis Bárcenas y colaboradores sostienen que el colapso del cuidador representa un desafío creciente para el sistema de salud, ya que el desgaste extremo de las personas cuidadoras puede provocar abandono del cuidado o mayores necesidades de atención médica tanto para pacientes como para cuidadores.[5] Esto demuestra que el problema no pertenece únicamente al ámbito privado, sino que constituye una cuestión de interés público y de derechos humanos.

Desde esta perspectiva, el colapso del cuidador afecta múltiples derechos humanos. El desgaste físico y emocional compromete el derecho a la salud; las jornadas permanentes de cuidado limitan el derecho al descanso y al trabajo digno; mientras que la feminización del cuidado reproduce desigualdades de género históricas. Además, la falta de políticas públicas integrales refleja una ausencia de reconocimiento institucional hacia las personas cuidadoras y hacia el valor social del cuidado.

En América Latina, distintas investigaciones han comenzado a señalar que el cuidado debe entenderse como un asunto central para la igualdad y la justicia social. Irma Arriagada y Coral Calderón sostienen que la distribución desigual de las tareas de cuidado profundiza brechas económicas, laborales y políticas que afectan principalmente a las mujeres.[6] Por su parte, Valeria Esquivel plantea la necesidad de reconocer el cuidado como una responsabilidad compartida entre el Estado, las familias y la sociedad.[7] Estas propuestas cuestionan la idea de que el cuidado debe recaer únicamente en los hogares y abren la posibilidad de construir sistemas públicos más justos y accesibles.

No obstante, en México todavía existe una deuda importante en esta materia. Aunque recientemente se han impulsado discusiones sobre sistemas nacionales de cuidados, muchas personas continúan enfrentando el peso del cuidado prácticamente en soledad. La falta de apoyos económicos, atención psicológica accesible, espacios de descanso y redes institucionales de acompañamiento provoca que miles de personas sostengan diariamente el funcionamiento del sistema de salud a costa de su propio bienestar.

También resulta importante reconocer que las experiencias de las personas cuidadoras constituyen una forma válida de conocimiento sobre las fallas estructurales del sistema de salud. Durante mucho tiempo, las investigaciones sobre el cuidado se han concentrado principalmente en enfoques médicos o psicológicos que observan a las personas cuidadoras únicamente como sujetos de estudio. Sin embargo, escuchar sus experiencias permite comprender cómo las desigualdades económicas, de género y de acceso a la salud atraviesan el trabajo de cuidado en la vida cotidiana.

Otro elemento que debe incorporarse al análisis, es la manera en que las instituciones de salud suelen depender del trabajo de las personas cuidadoras sin reconocerlo formalmente. En muchos hospitales públicos, la presencia de familiares no solo cumple una función afectiva, sino también práctica. Las cuidadoras y cuidadores realizan tareas básicas de acompañamiento, vigilancia, higiene, alimentación y gestión de información médica. Aunque estas actividades no aparecen como parte del trabajo institucional, en la práctica permiten que el sistema funcione con menos recursos de los que realmente necesitaría.

Esta dependencia silenciosa genera una contradicción profunda. Por un lado, las instituciones necesitan del trabajo de las personas cuidadoras para sostener la atención cotidiana de pacientes; por otro, no les ofrecen condiciones mínimas para realizar esa labor sin poner en riesgo su propia salud. En muchos casos, las personas cuidadoras permanecen durante horas o incluso días en salas de espera, pasillos o espacios improvisados, sin áreas adecuadas de descanso, alimentación o acompañamiento psicológico. Así, el sistema público de salud termina trasladando parte de sus carencias estructurales a las familias.

Esta situación también muestra que el colapso del cuidador no puede entenderse como un problema individual de “mala organización” o “falta de fortaleza emocional”. Al contrario, se trata de una consecuencia de la falta de corresponsabilidad social e institucional. Cuando una persona cuidadora se agota, enferma o abandona sus propios proyectos de vida, no estamos frente a un problema aislado, sino ante una falla colectiva en la forma en como se distribuye el trabajo de sostener la vida.

Por ello, pensar el cuidado desde los derechos humanos, obliga a desplazar la mirada desde la familia hacia el Estado. No basta con reconocer simbólicamente la importancia de cuidar; es necesario construir políticas públicas que garanticen apoyos concretos. Esto podría incluir programas de descanso temporal para personas cuidadoras, orientación psicológica gratuita, capacitación accesible, apoyos económicos, espacios dignos dentro de hospitales y mecanismos para identificar tempranamente la sobrecarga. Estas medidas no deben entenderse como favores o ayudas asistenciales, sino como condiciones mínimas para garantizar derechos.

Asimismo, reconocer a las personas cuidadoras como sujetas de derechos permitiría transformar la manera en que se diseñan las políticas de salud. En lugar de pensar únicamente en la persona paciente, el sistema tendría que observar la red de cuidado que la sostiene. Esto significa comprender que la salud de una persona enferma está profundamente conectada con la salud física, emocional y económica de quien la cuida. Si la persona cuidadora colapsa, también se debilita la posibilidad de sostener una atención digna y continua.

Reconocer el colapso del cuidador como un problema público implica transformar la manera en que socialmente se entiende el cuidado. Significa reconocer que cuidar no debería implicar sacrificar la salud, el descanso, la estabilidad emocional o los proyectos personales. También implica cuestionar las estructuras sociales que continúan colocando el cuidado como una obligación femenina invisibilizada y poco valorada.

Mientras el cuidado siga siendo entendido como una responsabilidad privada y natural de las mujeres, miles de personas continuarán sosteniendo silenciosamente al sistema de salud desde el agotamiento y la precariedad. Hablar del colapso del cuidador es hablar de salud pública, de desigualdad de género y de derechos humanos. El cuidado no puede seguir dependiendo únicamente del sacrificio individual; debe convertirse en una responsabilidad colectiva respaldada por políticas públicas que reconozcan, protejan y acompañen a quienes cuidan todos los días.

Bibliografía

Arriagada, Irma, y Coral Calderón. “El Cuidado en América Latina: Una Mirada desde el Género y los Derechos.” Revista de Estudios Sociales 66 (2018): 45–59.

Bárcenas, José Luis, et al. “Cuidadores Familiares y el Riesgo de Colapso: Un Desafío para la Atención en Salud.” Gaceta Médica de México 160, no. 1 (2024): 47–55.

Esquivel, Valeria. “Care in Latin America: Key Research Questions and Policy Challenges.” International Labour Review 158, no. 4 (2019): 593–617.

Franco-Domínguez, Patricia, et al. “Sobrecarga y Salud en Cuidadores Familiares.” Revista Enfermería IMSS 32, no. 2 (2024): 72–82.

Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) y Centro Nacional de Excelencia Tecnológica en Salud (CENETEC). Guía de Práctica Clínica: Detección y Manejo del Colapso del Cuidador (IMSS-781-15). México: Secretaría de Salud, 2015. https://www.imss.gob.mx/sites/all/statics/guiasclinicas/781GER.pdfb

Mendez-Luck, Carolyn A. “Conceptualizing Burden: A Sociocultural Exploration of the Experience of Caring for Older Adults in Mexico City.” International Journal of Geriatric Psychiatry 23, no. 9 (2008): 920–926.

Schulz, Richard, y Paula R. Sherwood. “Physical and Mental Health Effects of Family Caregiving.” American Journal of Nursing 108, no. 9 (2008): 23–27.

[1] Se conserva el término “colapso del cuidador” debido a que corresponde a una categoría utilizada en documentos institucionales del sistema de salud mexicano, particularmente en la Guía de Práctica Clínica: Detección y Manejo del Colapso del Cuidador del IMSS y CENETEC, la cual lo vincula con la clasificación Z63.9 del CIE-10 (“Problema no especificado relacionado con el grupo primario de apoyo”). Su uso responde a criterios de precisión conceptual y técnica, sin desconocer la importancia del lenguaje incluyente ni la diversidad de identidades vinculadas al cuidado.

[2]Richard Schulz y Paula R. Sherwood, “Physical and Mental Health Effects of Family Caregiving,” American Journal of Nursing 108, no. 9 (2008): 23–27.

[3] Carolyn A. Mendez-Luck, “Conceptualizing Burden: A Sociocultural Exploration of the Experience of Caring for Older Adults in Mexico City,” International Journal of Geriatric Psychiatry 23, no. 9 (2008): 920–926.

[4] Patricia Franco-Domínguez et al., “Sobrecarga y Salud en Cuidadores Familiares,” Revista Enfermería IMSS 32, no. 2 (2024): 72–82.

[5] José Luis Bárcenas et al., “Cuidadores Familiares y el Riesgo de Colapso: Un Desafío para la Atención en Salud,” Gaceta Médica de México 160, no. 1 (2024): 47–55.

[6] Irma Arriagada y Coral Calderón, “El Cuidado en América Latina: Una Mirada desde el Género y los Derechos,” Revista de Estudios Sociales 66 (2018): 45–59.

[7] Valeria Esquivel, “Care in Latin America: Key Research Questions and Policy Challenges,” International Labour Review 158, no. 4 (2019): 593–617.

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